MI PRIMER PAVO

Cada vez que llegan las fiestas navideñas recuerdo aquella de 1974. Tiempos remotos, de cuando mis amigos tenían el cabello largo, a diferencia de los calvos y canosos que ahora veo de vez en cuando. En aquellos tiempos los pavos no se vendían congelados y empaquetados, listos para preparar. No señor, te los traían de alguna chacra, vivitos y picoteando. En casa había que embriagarlos, sacrificarlos, desplumarlos y cocinarlos con rellenos por demás sofisticados.
Estaba de lo más tranquilo aquella tarde aciaga cuando toda la familia decidió salir de compras dejándome solo con el pavo que daba vueltas por el patio. Pasaron las horas y yo tranquilo, igual que el ave de corral. Pero al cabo de un tiempo empecé a preocuparme. Nadie regresaba y mi eventual acompañante seguía allí, cuando ya no debía de estarlo. Hacía rato que debía estarse cocinado. Bueno, me dije, hay que sacrificar al animal. Lo primero era emborracharlo. Papá tenía una botella de vino para eso. Parece que el pavo presintió lo que le esperaba si seguía mirándome desde la puerta de la cocina y decidió ponerse a buen recaudo aprovechando que yo buscaba un sacacorchos.
Cuando ya tenía la botella descorchada no tenía a quién dársela. Nada del pavo por ninguna parte. Estaba en la búsqueda cuando sonó el timbre. Era nada menos que mi inefable vecino Renán con su inseparable maletín y una canasta en la otra mano en la que estaba un alegre perrito cocker spaniel.
- ¿Y esto?
- Me lo encargó tu viejo. Creo que es un regalo para tus hemanos. Veo que ya empezaste la celebración.
- No, este vino es para...
No me dejó terminar. Me arrebató la botella, se la embrocó y enseguida brindó conmigo. Como no podía menospreciarlo, saqué unas copas y empezamos a darle un trámite acelerado a todo el contenido. Como mi vecino era una persona precavida para estos menesteres, siempre llevaba encaletado un vodka de dudosa procedencia en su maletín. La seguimos, escuchando villancicos cuyo volumen fue subiendo a la par de nuestra borrachera, tanto que no escuchamos cuando llegó la familia en pleno. Mi padre estaba enfurecido y mis hermanas señalaban boquiabiertas al perrito que estaba regando el arbolito navideño de la sala y al pavo que se encargaba de abonarlo.
Bueno, mi castigo fue que para el año siguiente tenía que preparar el pavo relleno yo solo. Tuve que aprenderme la receta y me daban pesadillas de sólo pensar en todo el proceso que me esperaba; pero, para mi suerte, a alguien tuvo la feliz idea de vender pavos listos. Aunque eso no me salvó de prepararlo, y lo sigo haciendo hasta ahora.