LA GRAN FLAUTA
Nadie supo cómo es que apareció Florentino en nuestras vidas, ejecutando aquellas extrañas melodías con su flauta. Era uno de los últimos hippies barbones que se resistía al jabón y al corte de cabello. Lo poco que supimos de él fue que era de la tierra de la milonga, aunque su música distaba bastante de las interpretaciones gardelianas y estaba mucho más lejos de los rockeros argentinos que reinaron en los ochenta. Vestía una gastada casaca de cuero marrón que no se la quitaba ni para dormir, así fuera verano, por lo que olía a chivo viejo. Casi ni hablaba, chupaba como vikingo y se quedaba a dormir en cualquier rincón. Eso sí, siempre cargaba pitillos que se los fumaba de un tirón antes de regalarnos sus creaciones. “Esta la compuse para ti”, le decía a alguien y se soltaba un solo de flauta que nuestro poco cultivado oído se negaba a apreciar, pues, apenas terminaba, en lugar de aplaudirle, empezáramos a cantar una retahíla de valses antiguachos hasta el amanecer. Ignorado, volvía a su solitario rincón. Como supondrán, jamás tenía para la chancha. Así es que cuando desapareció nadie lo extrañó.
Lo último que supimos de él fue que la policía lo pilló en la “marcha de los cuatro suyos”. Dicen que estaba tratando de cobrar unos centavos por acompañar con su flauta a unos cómicos ambulantes del Parque Universitario cuando lo agarraron y lo llevaron a una comisaría donde, con mucho esfuerzo, le quitaron finalmente la casaca de cuero y lo trataron de bañar a chorros de agua. Tuvieron que recurrir al rochabus, pero no por abuso pocíaco. “Es la primera vez que veo que se corta el detergente en el cuerpo de alguien”, diría un tombo, admirado porque era tanta la grasa acumulada en la piel del detenido que no hacía espuma.
Hace poco lo encontré. Y si no se me presenta ni lo reconozco. “Soy Florentino”, me dijo con voz temblorosa. Estaba igual de flaco, aunque más viejo, con el pelo corto y una biblia bajo el brazo. Me contó que lo deportaron acusado de ser un cochino subversivo. Yo creo que fue más por cochino. Me dijo que fue a parar a Colombia, donde conoció a unos peruanos que se dedicaban a llevar ropa de Gamarra a Venezuela.
- Hice plata.
- ¿Con la ropa?
- No, con mis flautas.
- ¿Tocabas ballenatos y joropos?
- No, hacía “pases”.
Allá se sentía en el paraíso pues jamás le faltaba la inspiración ni (por supuesto) hierba de la buena. Estuvo así hasta que Chávez cerró su frontera a peruanos y colombianos, cansado de tanto maleteo. Por lo que, antes de caer en manos de las FARC con sus flautas voladoras, Florentino prefirió volver a Perú. Cuando le pregunté si se había vuelto predicador, me dijo que al fin había encontrado a otra alma atormentada, un tal Iván Cruz, con quien compartía el gusto por la desdicha y los boleros cantineros en ritmo de alabanza.
