CUERPO A TIERRA















Lo recientemente ocurrido, con un misil que casi se lleva de encuentro a una comitiva oficial en extrañas maniobras nocturnas realizadas en las playas del Sur, me recordó un acontecimiento inolvidable de mi adolescencia, cuando al general Velasco se le ocurrió llevar a los cuarteles los chicos de quinto de secundaria. Al programete, del que todos salían “graduados” de sargento, le pusieron el gracioso nombre de “reemplazos críticos” y consistía en ir cada miércoles por la tarde a un cuartel, donde te vestían de cachaco harapiento, con botas viejas, uniforme remendado y cascos que te bailaban en la cabeza. Te enseñaban a disparar FAL (fusil automático ligero para los que no tienen idea servicio militar), te asignaban a un batallón -cuyo nombre tenías que aprendértelo de paporreta- y debías romper filas vivando al Perú y deseándole lo peor a los vecinos del sur. Demás está decir que hacíamos calistenia saltando como ranas y haciendo planchas con los puños cerrados sobre el asfalto, para después ir repitiendo las babosadas que le iban ocurriendo a un alferez, corriendo avergonzados por las calles, de manera que regresábamos hechos piltrafa a nuestras casas. Era infaltable el orden cerrado, que no es otra cosa que obedecer los gritos primales de los oficiales que competían por mostrarse como el más cavernícola. “¡Descansssss! ¡Tensión! ¡A la derech…! ¡A la erda…! ¡De frent… marrrr…!” A nosotros nos tocó la compañía de morteros, por lo que debíamos aprender toda la teoría del lanzamiento de las granadas con la ayuda de un tubo (que los hay de varios calibres). También debíamos de cargar con el bendito aparato que era de un metal que pesaba como los mil demonios a chicos de 15 ó 16 años, ensamblarlo correctamente, ponerlo en las coordenadas que nos daban unos tipos que nunca veíamos y que se supone estaban viendo el “blanco”, y finalmente soltar la bendita granada que tenía la forma de un misil en miniatura. A la hora de haber escuchado el impacto al otro lado de los cerros nos daban el resultado de nuestra puntería con un amable: “¡Están hasta las huevas!” De cada mortero se hacía cargo una pareja. La mía era Chizo, quien, como su nombre indica, era tan chiquito como yo. Por lo que cuando transportábamos al jijuna aparato lo hacíamos como podíamos. Así es que cuando íbamos cuesta abajo por una colina lo hacíamos rodar. No con mala intención, sino porque el maldito se nos resbalaba de los hombros y no había forma de detenerlo hasta que llegaba al fondo de una quebrada. Para subirlo, uno jalaba y el otro empujaba, arrastrándolo sobre la tierra y las piedras, lo que era un pecado imperdonable. Si íbamos por el agua, lo hacíamos bucear, no había otra. Y cuando nos pillaba el mayor, que era casi siempre, pues se nos prendió por ser los imberbes que le andaban malogrando el armamento, nos hacía cargar, a cada  uno, todo el equipo en posición de estatua. Toda esa experiencia me dejó la impresión que en el ejército los oficiales compiten por el premio al más "Picapiedra". A un teniente se le ocurría correr por los cerros en un pie. Otro nos ponía a nadar en un estanque con todo y uniforme. Un tercero se retorcía de la risa cuando alguien caía en el charco de la pista de combate. Aunque eso no es nada frente a lo ocurrido en plena campaña, cuando un coronel tuvo la ocurrencia de darnos a desayunar un delicioso adobo de perro tras un ayuno y mucho ejercicio. Eso fue después de una instructiva práctica de un deporte que sólo se hace en las campañas militares: tirarle el fusil al más baboso para después mofarse de él y castigarlo con una ceremonia deshonrosa. El jueguito empezó cuando le sustrajeron el fusil al alférez que estaba encargado de nuestra compañía. Este, a su vez, se lo tiró al primer soldado monse que encontró. La cuestión es que, al retornar de mi ronda, Chizo me dijo, en tono lacónico: “Caos, me dormí y me dejaron sin fusil, pero a mí no me joden nica”, perdiéndose entre la penumbra de las carpas. Por la mañana nos despertaron los gritos del coronel que preguntaba por el “chesumare” que le tiró el arma. Yo no dije nada al ver a Chizo sonriente y correctamente equipado. No es por nada, pero estoy seguro que lo único que nos salvó, a Chizo y mí, de una ceremonia deshonrosa es que fuimos los únicos que dimos en el blanco en las maniobras con nuestro mortero abollado.

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