LA GRAN FLAUTA
Nadie supo cómo es que apareció Florentino en nuestras vidas, ejecutando aquellas extrañas melodías con su flauta. Era uno de los últimos hippies barbones que se resistía al jabón y al corte de cabello. Lo poco que supimos de él fue que era de la tierra de la milonga, aunque su música distaba bastante de las interpretaciones gardelianas y estaba mucho más lejos de los rockeros argentinos que reinaron en los ochenta. Vestía una gastada casaca de cuero marrón que no se la quitaba ni para dormir, así fuera verano, por lo que olía a chivo viejo. Casi ni hablaba, chupaba como vikingo y se quedaba a dormir en cualquier rincón. Eso sí, siempre cargaba pitillos que se los fumaba de un tirón antes de regalarnos sus creaciones. “Esta la compuse para ti”, le decía a alguien y se soltaba un solo de flauta que nuestro poco cultivado oído se negaba a apreciar, pues, apenas terminaba, en lugar de aplaudirle, empezáramos a cantar una retahíla de valses antiguachos hasta el amanecer. Ignorado, volvía a...