EL TIO ANTENOR

El tío Antenor es uno de esos especímenes que candidatea cada vez que hay comicios. A como dé lugar él tiene que estar en alguna lista, postulando a regidor o a congresista, aunque sea en los últimos casilleros. Esta gracia le cuesta buena parte de su pequeña fortuna que piensa recuperar a la brevedad, aunque ninguna de sus mujeres pensó lo mismo al abandonarlo apenas se hacían las proyecciones de cada consulta popular.
Pero él no está solo. Hay una inmensa y variopinta fauna de sujetos con las mismas pretensiones. El tío los conoce y tiene un trato familiar con cada uno de ellos. Faltando un año para un proceso empieza el ritual. Se llaman unos a otros, por celular, whatsapp y hasta señales de humo; recorren casi todas las agrupaciones políticas con la vehemencia de perro en celo . Van cargados de voluminosos currículos y mucho floro.
De manera meteórica llegan a los más altos cargos de los partidos. Se hacen “patas” de casi todos los candidatos menores y les ofrecen llevarles los votos masivos de organizaciones que dicen representar. Usualmente comienzan pidiendo planillones para llenarlos con miles de adherentes que dicen tener, como muestra buena voluntad. Además, les presentan a otros “líderes de masas” que no son otra cosa que miembros de la cofradía de los buscacargos. Así, dándose la mano el uno al otro, van de tienda en tienda hasta posar sus grasientos traseros en donde consideran la “mejor opción”.
Lo que llama la atención de Antenor y compañía es su falta de intuición para elegir a una agrupación ganadora. Son como los viejos hípicos que apuestan hasta el final de sus días, así no les alcance ni para el champú, una lustrada de tabas o una corbata que no sea de la época de Los Intocables. “Algún día caerá”, se dicen con estoicismo. Aunque para Antenor lo suyo es simplemente mala suerte. “Ta que soy piña, sobrino”, me dijo cuando las encuestadoras daban ganadora a la tía Lulú y él se matriculó como representante de Puno, donde consiguió una precandidatura. Fue a la cita masiva en el Vértice el Museo de la Nación, en la que había muchos conocidos suyos, con quienes terminó chupando luego que la misma Lulú, en un arranque democrático del dedazo, armó las listas dejándolo de lado. “¿Elecciones internas? Eso es cuento chino. Debí haberme presentado mejor a la tía y de repente llevarle algún regalito”, se justificó antes de ir presuroso donde los humalistas. Allí le sucedió algo peor, pues salió abollado. Hace poco lo vi recolectando firmas, como nos tiene acostumbrados. “¿Para quién son?”, le pregunté cívicamente. “”Todavía no sé”, me respondió con su simpática frescura. “¿Cómo?”, insistí. Argumentó: “Mira, como la onda ahora es ecologista, fui donde el curita Arana. ¿Pero, si sale mujeriego como el paraguayo? Años atrás pensaba que Noriega era voz, hasta que se descubrió lo del gasolinazo. Ahora creo que me anoto con Acuña. Dicen que va a poner peajes por todo lado y nos puede caer alguito”.
Estoy seguro que si algún día Antenor llega, aunque sea a regidor, no va a saber qué hacer.