EL TIO VIAGRA
Salió dando un sonoro portazo, de esos que te desencajan los tímpanos. En la oficina nadie estaba sorprendido por el exabrupto de su jefe, un tipo aparentemente callado, pero explosivo. “Seguramente ha chupado Demonio de los Andes”, dijo alguien rompiendo el silencio sepulcral y generando la risotada general. Es que para todos era conocida su transformación cuando tomaba unas copas de más. El alcohol no sólo se le subía a la cabeza; se adueñaba de todo su ser, en especial de sus miembros inferiores, que adquirían vida propia y empezaba a volar como guerrero ninja, emprendiéndola a puntapiés contra todo lo que se atravesara en su camino. Repartía patadas de diverso calibre a paredes, mesas, sillas y cuanto objeto estuviera al alcance de sus zapatos.
Mostraba especial predilección por los portones. Era casi una leyenda su estruendoso retorno a casa, pateando cuanto portón encontrase en su zigzagueante camino. El vecindario sabía que el estrépito de puertas golpeadas sin piedad, acompañado de los espantosos alaridos que lanzaba en cada arremetida este poseído hijo del etanol, anunciaba su paso por las calles silentes de su tranquilo barrio.
Para escarmentarlo, no faltó quien dejó su portón abierto motivando la estrepitosa caída de este Karate Kid cholo, que terminaba con su desvencijado cuerpo hecho una malagua despatarrada en el suelo de algún zaguán. Pero nada lo amilanaba. Por el contrario, al levantarse, mentaba la madre al autor de su caída y, tomando poses demoníacas, arremetía con mayor virulencia contra siguiente portón.
Su familia no se quedó con los brazos cruzados. Siendo aún joven trató de encontrarle una cura. Consultados sobre el caso, destacados especialistas coincidían en la necesidad de un largo tratamiento que incluía innumerables calmantes, sesiones hipnóticas, antabuses, camisas de fuerza y hasta electroshocks (propuesta de los más radicales). Pero él se opuso a cualquier terapia. Perseverante en su dipsomanía, no le importaba haberse convertido en una versión grotesca de Mr. Hyde.
Los vecinos se cansaron de enviar memoriales a las autoridades, quejándose del ya popular Pataloca. Se dice que el mismísimo alcalde terminó embriagándose con él y acompañándolo en sus acometidas contra los portones. Según sus sufridos parientes, cuando un párroco quiso someterlo a un exorcismo salió de la sesión con el tabique roto por un patadón propinado por el poseído, por lo que prefirieron dejarlo ahí.
Volviendo a la tarde del portazo, Pataloca estaba furioso porque una nueva practicante se había negado a salir con él, tratándolo de “asqueroso viejo verde”. Es que si algo le había sido negado en la vida eran los encantos masculinos. Quizá por eso se refugió en la pluma haciéndose poeta. Lo nutrían los desengaños que fue cultivando, aquellos amores imposibles que convertia en dolidos versos. Como ninguna ninfa se atrevía a mirarlo, ni por lástima, escribía los poemas más febriles que se pudiera imaginar y nadie jamás leería, pues prefería guardarlos para atormentarse en sus noches solitarias. Hasta que descubrió el poder del mandamás. Cuando lo hicieron jefe del lugar menos notorio de la empresa en la que consiguió trabajo décadas atrás, se dio cuenta que podía hacer de las suyas con las jóvenes practicantes gracias al poder que le confería su cargo y no su verso florido. De esa manera estableció una suerte de derecho de pernada en su pequeño feudo que, para su suerte, era el lugar más olvidado en los recovecos de la empresa.
La tarde aciaga del portazo, el desplante de la muchacha hizo que se percatara que a su fealdad se había sumado otra maldición: la vejez. Instintivamente se vio en la luna la ventana de su despacho que daba a un callejón lúgrube. Tenía el rostro lleno de grietas, coronado por un penacho blanco. “Parezco un nevado andino”, se dijo, antes de salir hecho un volcán a punto de estallar, descargando su furia con la puerta.
Deambuló por el centro hasta llegar a un quiosco. Tras releer titulares que no le decían nada, compró un diario. Lo abrió en la sección Avisos Económicos y buscó entre aquellos de las chicas que ofrecen sus servicios discretos a caballeros. Ubicó uno que le pareció atractivo: “JOVENCITA 19 hermosa… WhatsApp…” Sacó su celular y llamó. “Hola bebé, me llamo Paty, estoy en el hostal frente al Mercado Central, habitación 4. Pregunta por mí”, le contestó una voz femenina que le erizó hasta el penacho. El sólo atinó a decir “Okey”y sin medir tiempo, ni fijarse cómo, llegó al lugar. Estaba en un sórdido callejón con tendederos repletos de ropa que olía a guardado y queso rancio. Atendía un zambo con un ojo de vidrio, dentadura carcomida por algo semejante a una caries verdosa y una estrella tatuada en la punta de su enorme nariz. “Siéntese y espere”, le respondió cuando preguntó por la tal Paty. Había un jovencito con corte moderno y mochila tipo militar y un anciano mal trajeado que tosía y olía a orines. Se sentó en un banquito de plástico entre ambos.
El tráfico de la calle se negaba a entrar a ese antro. Se escuchaban nítidamente los jadeos, las risas escandalosas y los gemidos que provenían de todos los cuartos. Iba a salir corriendo, cuando se abrió la puerta de un cuartito de madera en sus narices y emergió un hombre rebozante de alegría. Una chicha joven y hermosa lo acompañaba.
- ¿Quién sigue? -dijo la chica, como en una consulta médica.
- Yo -respondió él instintivamente.
El joven y el viejo seguían callados, mirando al infinito.
- Bueno, pasa -agregó ella sin dejar de sonreír- ¿Cómo te gusta?
El seguía contemplándola. “¡Que hermosura!”, se decía a sí mismo.
- Tierra llamando a viejito -le dijo la chica impaciente.
- ¡No soy ningún viejo! –contestó de mala gana.
- Como quieras. Desvístete –ordenó la muchacha y él obedeció, quedándose en calzoncillos y medias. - ¿Vas a tirar con boxers? – preguntó ella, soltando una carcajada al ver los diseños de “Bob Esponja” de su prenda íntima. Con mucha vergüenza se quitó los calzoncillos; pero le avergonzó más mostrar su miembro.
- Jamás he visto una ciruela tan seca. Está tan chiquita que si me la pongo en la boca, capaz me la paso. Ja, ja, ja, ja, ja –se burló la chica.
El tipo se acarició su enorme barbilla.
- Acá tengo la solución –dijo, extrayendo un pequeño pomo de plástico del bolsillo de su pantalón que pendía de un perchero mal clavado. Lo abrió, sacó tres pastillas azules y se las tragó de un golpe. Cogió un vaso que estaba en el velador con un líquido amarillento que parecía Inca Kola y lo bebió sin respirar.
- ¡Puaj! ¿Qué es esto?
- Mi muestra de orina, viejito. Hoy vienen a recogerla los de Sanidad.
- ¡La miércoles!
- ¡No te preocupes! No tengo nada. Siempre uso condorito.
Después de enjuagarse la orina de la boca sentó junto a lachica a esperar.- Pagarás horas extras, ¿no?
- Si, si, no es problema.
Una hora después, lo que semejaba un moco de pavo empezó a erguirse.
- ¡Guau! ¡Ese Viagra sí que funciona, viejito!
- ¿Viste? ¡Ponte en cuatro!
La chica, obediente, se estaba acomodando cuando escuchó a sus espaldas el estrépito de un costal de huesos cayendo al suelo. Volteó asustada, pues le había tocado cada tipo enfermo… Pero nada de eso. El viejito desconocido estaba en el piso, con el mástil apuntando al techo.
- ¡Maldición! ¡Ya se me murió el viejo podrido! –dijo y llamó al cuartelero tuerto para que le ayude a deshacerse del paquete.
Los otros clientes se esfumaron. El tuerto, práctico él, ya tenía un taxi esperando. Era un carro tan desvencijado como su dueño, quien tenía la misma apariencia siniestra del cuartelero. Aguardó a la chica y apenas subió ésta, acomodó al sujeto en la parte posterior, apretó el acelerador con dirección a la posta médica más lejana. Una vez allí, el personal no quiso atender a lo que parecía un cadáver, por lo que lo tuvieron que llevar a un centro de salud, donde lo dejaron, bien acomodado en una banca.
Tamaña sorpresa se llevó una enfermera al descubrir que tenía en un asiento del pasadizo un tipo más frío que las baldosas. “¡Ahora traen los muertos por delivery! ¡Qué joda!”, se dijo y avisó al médico de guardia, quien acababa de atender de un cólico nada menos que al alcalde. Este, al ver al tipo rígido que habían puesto sobre una camilla, lo reconoció.
- ¡Pero si es Pataloca! –dijo, ordenando que lo atiendan de inmediato.
El médico consiguió revivirlo y pidió su traslado a un hospital cercano con el diagnóstico preliminar de: “Infarto por sobredosis de citrato de sildenafil”.
Una vez en el hospital, Pataloca, sin saberlo cambió de apelativo. Ahora le decían Tío Viagra, porque mientras estaba en observación lo taparon con una sábana blanca, de tal manera que era muy notoria la rigidez de su miembro, para jolgorio los numerosos estudiantes de Medicina, y no hubiera pasado de una anécdota, si no es porque despertó intempestivamente y, dando aullidos de licántropo, se puso a correr desnudo, con el miembro endurecido al aire, generando el pánico en los pasillos de Emergencia. La noticia corrió como reguero de pólvora y por la redes sociales llegó a los confines de la Tierra. Felizmente para él, los medios de comunicación locales se negaron a difundir su desventura por no ser apta para menores.
